Algunas consideraciones sobre el desplazamiento climático

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Uno de los debates más actuales en la agenda pública sobre movilidad forzada es, sin lugar a duda, el de los desplazamientos ambientales. A pesar de su aparente actualidad, la degradación del entorno como explicación de los movimientos de personas no es nuevo y se encuentra entre las múltiples causas que pueden explicar algunas dinámicas migratorias. Pero hoy, este debate se ha popularizado, y vale la pena recoger algunas reflexiones sobre la cuestión.

En los últimos tiempos, se han multiplicado las voces que alertan sobre los riesgos de que el cambio climático conduzca a flujos migratorios de gran escala. De hecho, en 1995, Myers y Kent apuntaban que la cifra de personas ‘refugiadas climáticas’ alcanzaría los 200 millones en 2050 (Myers & Kent, 1995). Y el Programa de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente (PNUMA) afirmaba, en 2005, que la cifra de personas desplazas por estas razones alcanzaría los 50 millones en 2010. El documento, fuertemente contrastado por los Estados miembros y el propio PNUMA fue retirado en 2011.

No son estas las únicas voces que han apuntado a un influjo masivo de personas desplazadas por razones vinculadas al deterioro medioambiental, en lo que parece la crónica de un desplazamiento anunciado con visos de tragedia . Bajo esta lógica, se reclama a la comunidad internacional que preste atención a este fenómeno y ponga los instrumentos necesarios para proteger a estas personas forzadas a desplazarse.

Hoy en día, es evidente que no puede negarse el nivel de deterioro al que ha llegado nuestro planeta y los costes humanos del cambio climático y la degradación ambiental. Pero la construcción de la figura del refugio climático ha hecho surgir un debate interesante. ¿Se puede hablar del refugio ambiental? Y, ¿se deben construir instrumentos nuevos para atender a este fenómeno? Sobre el primer punto, nadie puede negar la influencia de los efectos del cambio climático, los derivados de amenazas naturales y la degradación ambiental en los movimientos migratorios. Pero como estos acostumbran a ser multicausales, no siempre es fácil construir una relación directa ambas cuestiones.

Por otro lado, voces expertas en migraciones señalan que las personas afectadas por desastres climáticos no acostumbran a buscar refugio en el exterior, sino que tienden a moverse internamente en su país, de un modo pausado que no encaja con la idea de movimientos abruptos y masivos, o a volver a sus hogares para reconstruirlos después de desastres climáticos como inundaciones, tsunamis, etc. (Castles, 1998; Castles, de Haas & Miller, 2020).

Apuntan, además, las dificultades de determinar quien se mueve por razones climáticas, teniendo en cuenta que muchos procesos de degradación ambiental (desertificación, salinización de la tierra, etc.) conducen a situaciones de empobrecimiento. Y en los movimientos migratorios, siempre cabe recordar que los recursos para la migración de larga distancia no están al alcance de todo el mundo, y que normalmente son las personas en situación de mayor vulnerabilidad las que no pueden desplazarse en busca de nuevas oportunidades (Gemenne, 2011). Mejorar los datos, en cualquier caso, sí parece un reto en el que todo el mundo coincide.

Por otro lado, el uso del concepto ‘refugio climático’ también ha sido objeto de debate, puesto que supone replantear los límites de la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. Francia ha demostrado que, con los instrumentos de protección internacional hoy existentes, es posible proteger a una persona que no quiere regresar a un país en el que la contaminación ambiental puede dañar todavía más su deteriorada salud. El debate debería centrarse, así, en pedir a los Estados que incorporen este factor en sus procedimientos de protección internacional, sin necesidad de tocar la Convención de Ginebra. Asumiendo las limitaciones de esta, Naciones Unidas entiende que abrirla podría derivar en una propuesta mucho más reduccionista.

Además, es evidente que hablar de migraciones masivas por razones climáticas puede tener un valor añadido en poner el foco en la importancia y urgencia de luchar contra el cambio climático, pero también desplaza el foco político que debe tener la figura del refugio porque parece reducir las responsabilidades de los Estados en proteger a su población y en implementar políticas públicas que mitiguen los impactos del cambio climático. Sin olvidar, también, que puede desviar la atención (y los fondos) de la atención y protección de las personas que siguen huyendo de la violencia y la vulneración sistemática de sus derechos.

La construcción del desplazamiento climático se puede entender como un intento de poner cara al desastre ecológico en el que nos encontramos (Gemenne, 2011), que permita exigir mayor nivel de compromiso y acción a los gobiernos. Y en este sentido, puede ser un buen argumento humanista, pero el debate sobre el refugio climático también puede generar consecuencias indeseadas. En primer lugar, porque permite hablar de un fenómeno al que es difícil poner cifras, y en este vacío de datos, el uso de grandes magnitudes está siendo utilizado de modo amenazante por voces agoreras que sólo buscan hinchar los discursos de odio contra las personas en movimiento. Eso en si mismo no pondría en duda el uso del concepto (pues es habitual la capacidad de abusar de los mismos de los discursos xenófobos), si no fuera porque, como admite Naciones Unidas, está sirviendo para desviar el debate sobre la protección internacional, y sobre los instrumentos existentes para ello.

No se trata, para nada, de dejar de hablar de las consecuencias del cambio climático y el deterioro ambiental en la migración forzada: de hecho, el debate en este sentido es imprescindible. Se trata, más bien, de no olvidar que la mayoría de los desplazamientos internacionales forzados siguen produciéndose por vulneraciones sistemáticas de derechos humanos, violencias estructurales y desigualdades. Y que sigue siendo imperativo que se ofrezcan soluciones para que nadie se vea obligado a salir forzosamente de su hogar, y que se refuercen los mecanismos de protección internacional cuando ello suceda.

En estos momentos, el número de personas refugiadas es el mayor desde la Segunda Guerra Mundial y también lo es el número de intentos de los países, especialmente del Norte Global, de echar por tierra el marco de protección internacional. No perder lo que se construyó hace poco más de setenta años debería ser el centro del debate. En un escenario como el actual, en el que se asiste con desesperanza a la vulneración sistemática del derecho de asilo y la protección internacional, el debate debería centrarse en no perder lo conseguido, y en buscar las fórmulas, que existen, para no dejar a nadie sin protección.

 

Referencias

 

de Haas, H. (2020). Climate refugees: The fabrication of a migration threat. Blog. International Migration Institute. https://www.migrationinstitute.org/blog/climate-refugees-the-fabrication-of-a-migration-threat

Castles, S. (1998). The age of migration: International population movements in the modern world. Macmillan International Higher Education.

Castles, S., de Haas, H. & Miller, M. J. (2020). The age of migration: International population movements in the modern world. New York: The Guilford Press.

Myers, N. & Kent, J. (1995). Environmental exodus: an emergent crisis in the global arena. Climate Institute. http://climate.org/archive/PDF/Environmental%20Exodus.pdf

Gemmene, F. (2011). How they became the human face of climate change. Research and policy interactions in the birth of the ‘environmental migration’ concept. En Piguet, E., Pécoud, A. &  de Guchteneire, P. (Ed.). Migration and Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press. https://orbi.uliege.be/handle/2268/141894

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