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Asesinados por nuestras contradicciones

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La cifra de ahogados en el Mediterráneo intentando alcanzar tierras europeas no deja de crecer. Ni lo va a hacer. La historia de las migraciones es la historia de la humanidad y negarlo es querer, intencionadamente, esconder la cabeza bajo la tierra e impedir así cualquier tipo de solución.

Flujos demográficos han existido desde el principio de los tiempos. Para hacernos idea de la dimensión, como recuerda el politólogo Sami Naïr en este artículo, en el mundo hay hoy 250 millones de personas migrantes, que representan el 3,5% de la población. Entre 1865 y 1910, en lo que los historiadores llaman la “primera mundialización”, esa cifra alcanzaba al 6% de la población, casi el doble. La diferencia es que ahora el principal lugar de destino es Europa.
Según Naciones Unidas hoy somos 7.300 millones de seres humanos en el planeta, con los desequilibrios demográficos y de reparto de riqueza consabidos. La prospectiva dice que en 2030 seremos 8.000 y en 2050 llegaremos a casi 10.000 millones de personas. Esto no tendría por qué suponer ningún problema, salvo por dos cosas: en primer lugar, porque el modelo de desarrollo capitalista actual imposibilita que el planeta resista esta presión, y por otro lado, porque la mitad de este crecimiento demográfico tendrá lugar en África, que para el año 2050 albergará al 25% de la población mundial.
Los flujos demográficos o movimientos migratorios son fenómenos multicausales: tras la decisión de migrar de una persona hay motivos sociales, económicos, de defensa de derechos o de supervivencia ante casos de persecuciones políticas, etc. Pero hay uno que habitualmente se silencia y que Naciones Unidas nos dice ya que es una de las principales causas de migración actual: el cambio climático. Si en 2005 Norman Myers preveía que para el 2050 habría 200 millones de desplazados por el cambio climático, hoy hay quien habla de escenarios de hasta mil millones. De momento, lo que ya sabemos es que sólo por desastres naturales 25 millones de personas se desplazan cada año desde 2008. Como confirman múltiples estudios de distintas procedencias, sequías, fenómenos meteorológicos extremos o la desaparición de islas por la subida del nivel del mar son a día de hoy una de las principales causas de migración en el mundo. Y esto no va a parar. Al menos, a corto y medio plazo.

Ante esta realidad, aterradoramente injusta porque castiga más a los que menos responsabilidad han tenido en la generación del problema, podemos hacer dos cosas: seguir con la estrategia del avestruz escondiendo la cabeza bajo la tierra y negar las evidencias, o comenzar a articular políticas de gestión de los flujos demográficos de la mejor manera posible. El problema es que abordar la realidad de la migración supone en primer lugar reconocer al diferente, en segundo lugar exige tener una actitud ética de respeto y voluntad de convivencia, y en tercer lugar, ser conscientes de nuestra enorme vulnerabilidad. El pequeño geriátrico suizo en que se ha convertido Europa, con una población cada vez más envejecida y un fantástico –aunque tremendamente desigual– nivel de vida, se siente cuestionado porque el Mediterráneo, que fue la cuna de su cultura, es hoy una gran fosa común que alberga miles de cadáveres junto a los principios europeos de libertad, igualdad y fraternidad.

Los próximos días 28 y 29 de junio el Consejo europeo abordará este asunto en una Cumbre que viene precedida por los arranques fascistas de Italia cerrando los puertos, Merkel en serios apuros en su propio gobierno por su política de asilo, y el recién estrenado gobierno español tras el “aldabonazo” que supuso la acogida del Aquarius con 630 personas a bordo. Ahí tiene el Presidente Sánchez una ocasión de oro para emerger como líder europeo con una política migratoria que sea capaz de comprender toda su complejidad y dar una respuesta desde los valores fundacionales de los Tratados europeos. Sin olvidar, como dice el profesor Javier de Lucas, que estamos hablando de proteger la legalidad internacional, y que lo contrario, por tanto, es la barbarie.

Por cierto, ¿soy la única que sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando, el mismo día que escuchamos los lloros aterrados de los niños arrancados de sus padres y madres en la frontera de México con Estados Unidos, nuestra Casa Real posaba sonriente con los Trump?

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