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Un futuro de refugiados climáticos

/ En los medios

Miguel Pajares /

La migración global más grande de la historia de la humanidad está por llegar, pero probablemente sólo le faltan unas pocas décadas. Cada vez quedan menos dudas de que el cambio climático causará migraciones forzadas sin precedentes. La generación de gobernantes de los últimos 30 años no ha cumplido con su obligación de ponerle freno y, por muy radicales que sean las medidas que se tomen a partir de ahora, el calentamiento global va a proseguir, porque el carbono que ya hemos echado a la atmósfera seguirá atrapando calor durante mucho tiempo. Aún podemos impedir que el calentamiento se dispare hasta extremos que coloquen a todo el planeta en una situación de catástrofe global, pero lo que ya no podemos evitar es la continua sucesión de catástrofes parciales que afectarán a un conjunto de zonas críticas de varios continentes. No podemos evitarlas porque ya están produciéndose, y porque el incremento de sus dimensiones es evidente.

Ya en 2008, en un estudio de Andrew Thow y Mark de Blois realizado para Naciones Unidas señalaba los lugares en los que las sequías, las inundaciones y los ciclones irían haciéndose cada vez más devastadores en los siguientes 30 años. Hablaba de África, de Asia central y suroriental, y de América Central y la zona oriental de Sudamérica. Pero quien se llevaba la palma era África: las sequías seguirían acentuándose en toda el África subsahariana; las inundaciones crecerían en el Sahel, el Cuerno de África, la región de los Grandes Lagos y el centro y sudeste del continente; y los ciclones serían especialmente destructivos en Mozambique y Madagascar. Y estas previsiones no incluían el aumento del nivel del mar, ya que sus efectos más destructivos no se prevén para las próximas tres décadas, sino para algunas más (quizás seis o siete).

La sequía supone pérdida de acuíferos, acumulación de sal en las tierras agrícolas y avance de la desertización. Y ello conduce a la merma de la productividad de las tierras cultivadas, la pérdida de cosechas y la reducción de los terrenos cultivables. Las tempestades e inundaciones no resuelven los problemas de las sequías, primero porque no suelen producirse en los mismos sitios, y segundo porque también destruyen las cosechas y contaminan los acuíferos. Y el problema es que ambas cosas van a seguir creciendo inexorablemente: el calentamiento de la atmósfera trae sequías por un lado y aumenta la evaporación en el mar por el otro (lo que hace incrementar las tempestades).

Aunque se sabe que esto provocará movimientos migratorios importantes, no hay previsiones certeras sobre cómo serán, porque el tema no ha sido lo suficientemente estudiado. Los científicos del clima han dedicado poco tiempo a estudiar la relación entre el cambio climático y las migraciones; y, a su vez, los sociólogos de las migraciones tampoco se han centrado demasiado en la relación entre éstas y el clima. Puede decirse que hasta 2008 no se hicieron los primeros estudios de cierta extensión, cuando se creó la  Alianza sobre el Cambio Climático, Medio Ambiente y Migración (CCEMA, por sus siglas en inglés). De momento, sólo se manejan algunas hipótesis, como la hecha hace años por Norman Myers, de la Universidad de Oxford, que señaló que para el 2050 podría haber hasta 200 millones de migrantes derivados del cambio climático. Pero no sabemos hasta dónde llegará el empobrecimiento que el cambio climático va a provocar en muchos países, ni las guerras por los recursos (como el agua) que va a generar, de modo que esas previsiones podrían quedarse pequeñas.

Así, la cuestión es: ¿Cómo vamos a recibir a esos refugiados climáticos en esta Europa que en 2015 y 2016 demostró un profundo egoísmo ante el incremento de refugiados producido por las guerras actuales? Y también: ¿Podrá la Barcelona del welcome refugees sostener dentro de tres o cuatro décadas la postura solidaria y acogedora que ahora está manteniendo a contracorriente?

El egoísmo europeo ha hecho creer a mucha gente que todos los refugiados del mundo quieren venir a Europa, pero lo cierto es que el 85% están acogidos en los países pobres. El ejemplo de los sirios es bastante claro: sólo Turquía tiene cuatro veces más refugiados sirios que los 28 países de la Unión Europea juntos. Con los refugiados climáticos pasará lo mismo: la gran mayoría se quedarán en los países cercanos, es decir, en otros países del Sur Global. A Europa y los demás países ricos les corresponde la responsabilidad de atender las emergencias humanitarias que van a producirse en muchos países del Sur (no hay que olvidar que los países ricos son los principales causantes del cambio climático), pero, además, a Europa le tocará acoger a cierto número de refugiados climáticos, y, aunque será una proporción pequeña, habrá que contarlos por decenas de millones.

Pongamos el ejemplo de Bangladesh. En Barcelona, según el último padrón, hay casi 6.000 bangladeshíes de los más de 13.000 que hay en España. Son muy pocos comparados con los 8 millones de migrantes y refugiados bangladeshíes que hay repartidos por el mundo. Pero ese número va a crecer. Dos terceras partes del territorio del país están a menos de 5 metros de altura sobre el nivel del mar. De los 165 millones de habitantes que tiene Bangladesh (la mitad bajo el umbral de la pobreza), 40 millones viven en las zonas costeras. El aumento del nivel del mar reducirá su territorio y aumentará la gravedad de las inundaciones. Éstas se producirán tanto por el incremento de las lluvias como por el deshielo de los glaciares del Himalaya. Además, los ciclones serán más potentes y, con la subida del nivel del mar, la marea que los acompaña penetrará en gran parte del territorio. A su vez, la crecida del nivel del mar aumentará la salinidad en las zonas costeras, lo que provocará la reducción drástica de las cosechas y la inseguridad del suministro de agua potable. Todo ello generará decenas de millones de desplazados. La mayoría irán a países asiáticos, pero los bangladeshíes que ya están en Europa, atraerán a una parte de los que huyan. Y lo mismo podemos decir sobre los que ahora están en Barcelona.

Bangladesh es un buen ejemplo porque es uno de los primeros países que sufrirá los efectos devastadores del cambio climático, pero los desplazados por el clima en África serán muchos más. Y también éstos se quedarán principalmente en países del mismo continente, pero cierta proporción de ellos vendrá a Europa. No será una proporción alta, pero el número de los que vengan les parecerá una barbaridad a buena parte de los europeos.

Ésa es la batalla que tenemos por delante: acabar con los mitos que ha creado el egoísmo europeo. Y la lucha contra esos mitos ha de traducirse en apertura real para la entrada de refugiados. Europa no puede seguir siendo una fortaleza amurallada frente a ellos; ha de facilitar la entrada de los que razonablemente nos corresponden, y esta entrada será importante cuando los refugiados climáticos estén contándose por cientos de millones. Evidentemente, lo prioritario en este tema es el desarrollo de políticas energéticas y económicas que le pongan freno al cambio climático, pero sin olvidar que debemos prepararnos para unos movimientos de población que serán ya inevitables. Para estas migraciones climáticas es necesario un marco de protección jurídica que ahora no existe, pero además hay que luchar en el terreno de los discursos. Barcelona deberá seguir batallando por políticas de acogida responsables y solidarias. Y la batalla será ardua.

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