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Género y migraciones en el contexto del cambio climático

/ Blog

Por Beatriz Felipe Pérez*

El género es un determinante clave de los espacios sociales y de las oportunidades disponibles para cada persona. Esto no se debe a motivos físicos, sino a diferencias construidas socialmente. La posición social de las mujeres en la familia y en la comunidad, junto con el hecho de que el cambio climático afecta directamente a los factores más esenciales para la vida (agua, alimentación, suministro energético y otros cuidados), de los que las mujeres suelen hacerse cargo, hacen que los impactos del cambio climático sean más graves para ellas.

En casi la mitad de los países africanos, las mujeres constituyen la mayoría de personas trabajadoras dedicadas a la agricultura. Debido a esta estrecha relación con el sector agrícola, la escasez de agua, agravada por el calentamiento global, las pone en peligro a ellas y a sus familias y hace que su carga de trabajo aumente, ya que se incrementa el tiempo que tienen que dedicar en ir a buscarla. De hecho, las mujeres y las niñas asumen la responsabilidad de la recolección del agua en 8 de cada 10 hogares con agua fuera de la vivienda. Normalmente, estos trabajos suelen invisibilizarse y no estar remunerados[1].

Otra afirmación alarmante: en los desastres, mueren más mujeres que hombres. Algunos factores, como las inhibiciones sociales, la forma de vestir y la falta de habilidades de supervivencia (nadar, trepar a los árboles, etc.) contribuyen a que mueran más mujeres que hombres tras, por ejemplo, el paso de huracanes e inundaciones. En muchas regiones del mundo, habilidades como nadar o trepar a los árboles están aceptadas socialmente solo para los hombres, pero no para las mujeres. Por ejemplo, en el caso de un ciclón que asoló Bangladesh en 1991 y causó la muerte de cerca de 138.000 personas, la mayoría fueron mujeres de más de 40 años[2]. En África, las mujeres tienen catorce veces más probabilidades de morir debido a desastres que los hombres y esto se justifica, entre otros motivos, por sus peores condiciones de salud, nutrición y trabajo[3].

Lamentablemente, en muchos países las mujeres se enfrentan a barreras políticas, económicas y sociales que limitan su capacidad para hacer frente a los riesgos climáticos, algunas incluso ven su capacidad de migrar limitada por estos factores[4]. En tiempos de crisis, por ejemplo, las mujeres normalmente permanecen más tiempo en sus hogares para proteger la casa y sus posesiones en comparación con los hombres que, por lo general, huyen antes. En Bangladesh, las mujeres no suelen sentirse cómodas en los campos de personas refugiadas y desplazadas internas, donde todos los miembros de la comunidad han de compartir el mismo techo y vivir en proximidad, así que se pueden mostrar más reticentes a abandonar sus hogares[5].

“Las mujeres migrantes figuran entre las personas más vulnerables a la conculcación de sus derechos humanos, por su doble condición de migrantes y de mujeres”[6].

En los campos de personas refugiadas y desplazadas internas las mujeres también sufren altos índices de vulnerabilidad, especialmente cuando no se tienen en cuenta sus características específicas, son excluidas de la gestión del campo o no se les entregan los alimentos directamente, hecho que ocurre con demasiada frecuencia. La violencia de género tiene lugar a menudo, además de que el “sexo para sobrevivir” (mantener relaciones sexuales a cambio de dinero para poder cubrir necesidades básicas, como la alimentación) es una práctica frecuente.

En el Corredor Seco centroamericano, la sequía, agravada por el cambio climático, está afectando a la agricultura, lo que está teniendo secuelas, a su vez, en los patrones migratorios. Según un estudio realizado por Inspiraction, en esta región las comunidades ya perciben que la migración y el impacto en las mujeres están aumentando como consecuencia del cambio climático. Según este estudio, cuando la persona que migra en el hogar es el hombre, las mujeres asumen las actividades productivas que realizaban ellos (además de sus tareas), mientras que, cuando es femenina, continúan respondiendo por sus descendientes económica y emocionalmente.

A pesar de todo lo anterior, no ha de concebirse a este grupo de población ni como un ente homogéneo, ni como víctimas incapaces de hacer frente a las vicisitudes que pueden constituir las migraciones climáticas. Como comenta Arantxa García:

“las mujeres son las principales afectadas por el cambio climático, pero también las que más iniciativas ponen en marcha para adaptarse a sus consecuencias”.[7]

En esta línea, muchos movimientos de lucha por la justicia ambiental han sido o están siendo liderados por mujeres. A modo de ejemplo: Berta Cáceres (Honduras) murió por su defensa del territorio ante la construcción de una represa hidroelectrica; Mirtha Vásquez (Perú) acompañó a Máxima Acuña (Perú) en su lucha contra el megaproyecto minero Conga; Wangari Mathai (Kenia) fundó el Movimiento Cinturón Verde, que cuenta en Kenia con una red de más de 4.000 grupos comunitarios que plantan árboles y protegen el medio ambiente; Lolita Chávez (Guatemala) defiende su tierra de la tala ilegal; Polly Higgins (Escocia) fue la principal defensora y experta en delitos de ecocidio; y, estos días, la joven Greta Thuberg (Suecia) nos recuerda incansable que la emergencia climática ya está aquí.

Las experiencias, necesidades y prioridades de las personas que migran en el contexto del cambio climático varían dependiendo del género y estas diferencias deben tenerse en cuenta. Las políticas deben ser inclusivas y, en definitiva, si queremos hacer frente a una de las más graves consecuencias de la emergencia climática es imprescindible hacerlo desde el feminismo.

 

*Beatriz Felipe Pérez es Doctora en Derecho por la Universidad Rovira i Virgili (Tarragona) con una tesis titulada “Migraciones climáticas: retos y propuestas desde el Derecho Internacional”. Premio Josep Miquel Prats a la mejor tesis doctoral en Derecho ambiental 2016 (modalidad 1). Investigadora Asociada del Centro de Estudios de Derecho Ambiental de Tarragona (CEDAT) de la Universidad Rovira i Virgili y consultora independiente en temas de migraciones climáticas, cambio climático y justicia global, entre otros.

[1] Molinares-Hassan, V. y Echeverría-Molina, J. (2011). El derecho humano al agua: posibilidades desde una perspectiva de género. Revista Colombiana de Derecho Internacional, 19, 269-302.

[2] Patt, A., Dazé, A., y Suarez, P. (2009). Gender and Climate Change Vulnerability: What’s the Problem, What’s The Solution?. En M. Ruth, y M.E. Ibarraran (Eds.), Distributional Impacts of Climate Change and Disasters. Concepts and Cases (pp. 82 – 103). Cheltenham: Edward Elgar Publishing.

[3] Alexander, P. (2011). The Link Between Climate Change, Gender and Development in Africa. The African Statistical Journal, 12, pp. 119-140.

[4] Wilkinson, E., Kirbyshire, A., Mayhew, L., Batra, P., Milan, A. (2016). Climate. induced migration and displacement: closing the policy gap. Londres: Overseas Development Institute (ODI).

[5] Patt, A., Dazé, A., y Suarez, P. (2009). Gender and Climate Change Vulnerability: What’s the Problem, What’s The Solution?. En M. Ruth, y M.E. Ibarraran (Eds.), Distributional Impacts of Climate Change and Disasters. Concepts and Cases (pp. 82 – 103). Cheltenham: Edward Elgar Publishing.

[6] Alcalá, M. J. (2006). Estado de la población mundial 2006. Hacia la esperanza: las mujeres y la migración internacional. UNFPA, p. 3.

[7] García, A. (2017). La resistencia de las mujeres ante la crisis climática. El Salto. Recuperado de www.elsaltodiario.com/ecofeminismo/resistencia-mujeres-ante-crisis-climatica

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