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Incendios, huracanes y calor extremo: expulsados por el cambio climático en EEUU

/ En los medios

El Confidencial /

El pueblo de Kivalina es probablemente uno de los lugares más remotos del mundo. 130 kilómetros al norte del Círculo Polar Árrtico, establecido a principios del siglo XX en una minúscula isla alargada de 11 hectáreas y unos 9 km de longitud, con una población actual de 374 habitantes y menos de cien casas, Kivalina es donde Janet Mitchell nació hace casi 60 años. Aquí viven sus padres, y aquí nacieron sus hijos y sus nietos. Hoy solo piensa en marcharse.

“Por fin”, dice, “han empezado a construir la carretera de evacuación” que une la isla con el continente unos 10 kilómetros al norte. “Ahora duermo más tranquila. Llevamos desde 2004 esperando a que nos reubiquen. Espero que en cuanto esté terminada la carretera empiecen con la construcción de la nueva escuela”. Entonces, Janet se mudará también, y construirá una cabaña cerca del centro educativo. Dirá adios para siempre, y sin pena, a la minúscula isla que se traga poco a poco el océano Ártico.

“Los Inupiaq de Kivalina fueron los primeros habitantes de EEUU reconocidos oficialmente como necesitados de reubicación por el cambio climático“, explica a El Confidencial Christine Shearer, socióloga de la Universidad de California Santa Bárbara que publicó un estudio en 2012 sobre la situación de los habitantes de la isla. “En 2003 la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno [la Government Accountability Office o GAO, una especie de auditora del congreso] publicó un informe en que se establecía que el pueblo necesitaba cambiar inmediatamente de ubicación, un informe que respaldó el Cuerpo de Ingenieros en 2006. Se considera que la isla desaparecerá completamente en 10 o 15 años”, indica.

Más de 6000 kilómetros en línea recta hacia el sureste hay otra isla diminuta. Esta no tiene nada de remota: está en pleno Golfo de México, al lado de Nueva Orleans. Su paisaje, su clima y sus habitantes nada tienen que ver con Kivalina. Si en Kivalina las temperaturas no suben de 12 grados en verano, en la isla de Jean Charles, a 70 km al sur de Nueva Orleans, en el Golfo de México,no bajan de 15 grados en invierno. Una es helada y desierta, la otra cubierta de un verde intenso. Pero sus perspectivas de futuro son las mismas. Ha perdido el 98 por ciento de su superficie en los últimos 60 años.

En 2016, el departamento de urbanismo (equivalente al ministerio de vivienda) decidió entregar 48,3 millones de dólares al estado de Luisiana para la reubicación de los habitantes de Jean Charles. Fue la primera vez que una agencia gubernamental dedicaba presupuesto específicamente a la reubicación de población afectada por el cambio climático. Según los términos aprobados por el Gobierno de Estados Unidos, los residentes de la isla (un centenar) se instalarán en un nuevo terreno comprado por el estado en tierra firme, unos 60 km al norte, antes de 2022. Y pronto les tocará el turno a más comunidades indígenas de Alaska. “Ya en 2009 la GAO de estimó que al menos 31 pueblos de Alaska se enfrentan a inundaciones inminentes. El problema se va hacer peor a medida que el océano Ártico se vaya calentando”, advierte la socióloga Shearer.

Son apenas un puñado de ciudadanos estadounidenses, pero forman la vanguardia de lo que, para muchos científicos, va a ser un futuro seguro: la migración interna de millones de personas de las zonas más afectadas por el cambio climático a otras más protegidas. Expertos como el demógrafo Matthew Hauer de la Universidad de Florida, que afirma en un estudiopublicado el año pasado que 13 millones de habitantes de zonas costeras del sur y el este del país tendrán que ser reubicados o emigrarán voluntariamente hacia el año 2100. Más del doble de lo que supuso el mayor desplazamiento masivo de su historia, “la gran migración”, cuando seis millones de afroamericanos se trasladaron del sur al resto del país entre 1916 y 1970. Eso, sin contar con la gente que se cambiará de casa porque las temperaturas se vuelvan demasiado extremas, porque los riesgos de incendio sean demasiado elevados -como empieza a suceder en California, donde el fuego ha dejado más de una veintena de muertos y un centenar de desaparecidos tan solo en lo que va de mes-, o porque, sencillamente, deje de haber agua baratadisponible para vivir.

Migraciones que exacerban otros problemas

La novedad del estudio de Hauer es que se plantea cómo esta migración afectará a otras ciudades y áreas de EEUU: unos 2,5 millones de desplazados del sur de Florida, medio millón de la zona de Nueva Orleans y unos 50.000 habitantes de Nueva York acabarán buscando vivienda, trabajo y refugio sobre todo en Atlanta (Georgia), Austin (Texas), Memphis (Tennessee) y Madison (Wisconsin). Hauer ha aplicado un modelo matemático de sistemas de migración a los datos existentes de población en riesgo por la subida del nivel del mar para simular la cantidad de personas que dejarán sus hogares y dónde se dirigirán.

“En mi estudio sólo tengo en cuenta la población desplazada por la subida del nivel del mar. Pero muchas de las ciudades de destino ya se enfrentan a efectos del cambio climático de otro tipo como la disponibilidad de agua potable y la sequía, y yo no he examinado cómo estos pueden verse exacerbados por la llegada de un influjo tan grande de migrantes”, explica a El Confidencial por email después de haber sido evacuado del norte de Floridapor la llegada del huracán Michael, uno de los más devastadores de los últimos tiempos.

Las características geográficas de EEUU lo hacen un país acostumbrado a lidiar con desastres naturales y a avanzar a menudo “a pesar” de la naturaleza. La historia de la conquista del oeste es la historia de una obstinada labor de domesticación, con miles de presas y obras hidráulicas, de un paisaje árido y seco poco apto para la vida sedentaria o para los cultivos. Es más, EEUU ya ha vivido un gran desplazamiento de población a causa de los efectos de la actividad humana en la naturaleza. En los años 30 del siglo pasado, en plena Gran Depresión, una serie de tormentas de viento conocidas como el Dust Bowl provocó la huida decenas de miles de familias de agricultores del Medio Oeste a la costa del Pacífico, después de que su método intensivo de cultivo de cereal dejaran una extensión de 400.000 km2 de pradera convertida en polvo.

Pero los costes económicos y humanos de los desastres naturales en EEUUaumentan año a año. En 2017 (el tercer año más caluroso registrado de la historia), más de un millón y medio de estadounidenses se vieron desplazados de sus hogares por un desastre natural, desde incendios a inundaciones pasando por huracanes y tornados. Según el observatorio internacional de desplazados internos EEUU ocupó el cuarto lugar en la lista con más habitantes desplazados por desastres naturales del mundo, por detrás de China, Filipinas y Cuba. El gasto de FEMA, la agencia federal encargada de asistir en estas situaciones, fue el mayor de la historia: 7.200 millones de dólares.

La mayoría de estos desplazados terminan regresando a sus hogares, aunque no se conocen las cifras globales sobre la cantidad de ellos que no puede o no quiere volver a su casa después de un incendio o de una inundación. Por ejemplo, zonas enteras del barrio del Lower Ninth de Nueva Orleans permanecen abandonadas desde el huracán Katrina a pesar de millones de dólares gastados en reconstrucción, y la población del distrito ha disminuido hasta un 25% de la original, según Lowernine.org. Y en Alabama, toda una ciudad, Cordova, ha quedado abandonada desde que una serie de tornados la destruyeran en 2011.

Los miles de millones de la FEMA se siguen dedicando a reconstruir y proteger las zonas afectadas de cara a futuros desastres. Pero, ¿cuándo empieza a dejar de tener sentido reconstruir y empieza a ser más sensato, directamente, marcharse a otro lugar? “Creo que dentro de no mucho las compañías aseguradoras, por ejemplo, se van a dar cuenta de que no les compensa seguir asegurando los daños por inundaciones en determinadas zonas. Cuando las primas empiecen a ser exorbitantes, los habitantes de esas zonas empezarán a pensar en marchase”, considera el profesor Peter Gleick, cofundador del Pacific Institute y uno de los primeros en estudiar los efectos del cambio climático en la habitabilidad del planeta, y en concreto, de zonas de EEUU que se verán sometidas a temperaturas extremas, sequías, inundaciones, tormentas y huracanes más frecuentes y de mayor intensidad.

La mentalidad del “evento aislado”

Cuántos de todos estos futuros y actuales desplazados por desastres naturales son achacables al cambio climático no es, de momento, cuantificable. “Todavía no podemos atribuir con precisión en qué medida un evento climático extremo ha sido influido por el cambio climático”; precisa Gleick. Lo que convierte a los habitantes de Kivalina y de la Isla de Jean Charles en algo así como pioneros, los primeros en recibir esa etiqueta no sólo por los científicos, sino también por las autoridades. En ambos casos, la subida del nivel del océano, ayudada por tormentas y huracanes continuados, hacen que sus minúsculas islas desaparezcan lenta pero inexorablemente en el mar.

“Todavía estamos en la era de la ignorancia sobre el cambio climático. De momento, la mentalidad sigue siendo la de que cada desastre ha sido un evento fortuito, aislado, y la mayoría de la gente piensa en volver a su casa yreconstruir su vida en el mismo lugar. Aunque creo que poco a poco esa mentalidad está cambiando a medida que estamos entendiendo que estos desastres van a hacerse cada vez más comunes y más graves”, argumenta Gleick. “Cada día averiguamos más cosas sobre cómo los humanos estamos influenciando estos eventos meteorológicos extremos. Eventos que siempre han existido, pero que estamos acentuando”.

“Cuando empecé a hablar de Kivalina en 2008 creo que para mucha gente era difícil empatizar con ellos y con lo que les estaba pasando. Pero a medida que los efectos del cambio climático empiezan a hacerse más obvios, creo que se hace más fácil. El problema es que sigue sin haber un plan general de prevención por parte de las autoridades”, reflexiona Shearer. “Las proyecciones de la subida del nivel del mar dicen que parte de la costa del sur de Florida quedará sumergida. La pregunta es: ¿cómo conseguir que la gente se mude antes de que sea demasiado peligroso? ¿Cómo les ayudas a reubicarse en otra zona? ¿Qué es lo justo? No son preguntas fáciles”.

Janet Mitchell asegura que sus antepasados nunca habrían elegido la estrecha y minúscula isla para asentarse en ella permanentemente. Era una zona para acampar durante la temporada de caza. “Pero el gobierno de EEUU decidió soltar ahí todos los materiales para la construcción de nuestra escuela en 1905, y nos obligó bajo riesgo de cárcel a construir ahí nuestro poblado”. Simplemente, porque les pillaba más cerca que el continente. Es consciente de su papel como pionera en su estatus de refugiada “climática”, y sabe que en algún momento muchas más personas en el resto del país se enfrentarán a una situación parecida a la suya. “Yo creo que su situación es mucho peor”, afirma, refiriéndose a ciudades costeras como Miami. “Tienen todos esos huracanes y aun así tienen que volver al mismo sitio cada vez. ¿Qué pueden hacer, si crearon ahí esa inmensa ciudad?”. La respuesta podría ser: empezar a pensar en mudarse definitivamente.

Los expertos coinciden en que el éxodo empezará por aquellos con los medios, el tiempo y la información suficiente como para planear una mudanza mucho antes de que el área donde viven se convierta en una zona de desastre. Será un éxodo lento y muy progresivo, y será muy difícil de cuantificar. ¿Cuántas familias de Florida han decidido tirar la toalla y empezar en otro sitio de cero tras la enésima evacuación? No existe una contabilización oficial. ¿Cuántos de los jubilados que dejaron Dakota o Minnesota por el sol de Arizona se plantean dar marcha atrás después de alcanzar cada verano temperaturas récords? Lo cierto es que dejarlo todo y empezar de cero está al alcance de unos pocos; el resto lo hará de manera precipitada e involuntaria, impelidos cuando la situación sea insostenible. Por eso insisten en lo importante de poner planes en marcha.

FEMA sigue, de momento, gastando miles de millones en atender las necesidades después de los desastres. Al mismo tiempo, los planes del Departamento de Vivienda para financiar proyectos de “refuerzo y prevención” ante futuros desastres han quedado olvidados desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016, y la palabra “clima” ha desaparecido de sus notas de prensa.

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