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Los agujeros financieros del “manicomio” climático

/ En los medios

Corresponsables /

Migrar no es nuevo para nuestra especie. Lo nuevo es que ahora somos más de 7.000 millones, que ese cambio del clima es acelerado por nuestra la acción de una minoría de esa población y que ponemos vallas, muros, militares y concertinas para cerrar el paso a quienes viajan cuando ya su tierra deja de garantizarles la vida.

Recientemente, Alianza por la Solidaridad y Action Aid cuantificaron los efectos que ha tenido sobre la población mundial el último fenómeno de El Niño; conocido desde hace más de un siglo, se sabe que se está intensificando desde que la temperatura global aumenta fuera de control. Del análisis se concluyó que sólo en un año, más de 400 millones de personas sufrieron los efectos climáticos de esa subida de grados en el Océano Pacífico, que acaba transformada en sequías, inundaciones, ciclones tropicales y, en definitiva, más inseguridad alimentaria y pobreza, cuando no en víctimas directas. El Niño es la visita que nadie quiere cada 5 años en países de Centroamérica, Sudamérica, el Sudedeste Asiático e incluso en África, hasta donde llegan sus efectos.

Conviene recordar estas cifras porque la pasada Cumbre del Clima COP 22, celebrada en Marrakech (Marruecos), acabó convertida en una reunión más técnica que política, marcada por la elección de un presidente en Estados Unidos negacionista del cambio climático, Donald Trump, y por el aplazamiento a la Cumbre de 2018, de la puesta en marcha del Acuerdo de Paris, es decir, de las medidas para disminuir las emisiones contaminantes que causan ese calentamiento. Aún no está en marcha y ya el objetivo de que la temperatura en la Tierra no aumente 2ºC para 2050, se ha alcanzado en muchos lugares del planeta.

En Alianza por la Solidaridad lo vemos cada día en el terreno. En Haití, El Niño, generó una sequía que ya en la pasada primavera había dejado sin una alimentación básica a 3,5 millones de personas. Poco después, en octubre, el huracán Matthew arrasó lo poco que comenzaba a crecer de nuevo. Lo mismo podemos ver en África: este año, en Senegal, las lluvias se retrasaron dos meses y acabaron antes de lo previsto, así que donde antes recogían dos cosechas de cereal, ahora tienen una. Y en Guatemala, los ríos se secan en zonas donde no hay más agua disponible que el del cauce para salir adelante.

Hace un año, en Paris quedó claro que la responsabilidad es compartida por todos y que quien contamina más debe pagar más para poder paliar los efectos de un desarrollo insostenible, para que las poblaciones vulnerables y sin recursos -cientos de millones de personas que no ponen la calefacción, ni usan coches para ir al trabajo, ni comen carne- , puedan adaptarse a una nueva realidad que les viene impuesta.

Sin embargo, los recursos previstos para ello tienen agujeros que se tragan el futuro de parte de esa parte de la humanidad que ya los tiene encima. En la COP 22, los gobiernos aprobaron destinar 100.000 millones de dólares anuales (91.000 millones de euros) para el Fondo Verde que permite prepararse y paliar las consecuencias del calentamiento global. Es un monto que el PNUMA (la agencia ambiental de la ONU) amplía a cifras que van de 140.000 a 330.000 millones de dólares anuales de aquí a 2030. Digamos, pues, que es un compromiso a la baja.

Pues bien, la realidad es que en este fondo, que es voluntario, los países se han comprometido a poner hasta ahora 9.900 millones (un 10%) y el desembolso real es de 165 millones, según datos de la OCDE. Como muestra un botón: España comprometió 120 millones a ese fondo y ha puesto uno.

Para quienes trabajamos en países donde la crisis humanitaria y climática ya está aquí resulta desesperante la lentitud con la que se mueven estos cónclaves, por otro lado necesarios para que ir avanzando. La cuestión es que en nuestra atmósfera ya hemos alcanzado en 2016 las temidas 400 partículas por millón (ppm) de dióxido de carbono. Un punto de difícil retorno.

Ante este panorama, es dramático que los organismos humanitarios que tratan de evitar que las crisis climáticas se conviertan en humanitarias se enfrenten a un agujero de financiación de 2.830 millones de euros (3.100 millones de dólares) porque las palabras que se comprometen en las cumbres se quedan en papel mojado.

Hay quien piensa que no hay solución, o la fía a la tecnología del futuro, pero lo cierto es que el clima del mundo, como dijo Eduardo Galeano, “está para el manicomio”, y que el tratamiento, que sí que existe, no pasa por poner vallas a millones de refugiados climáticos a los que se les cierran las puertas.  Seguirán estando ahí porque luchar por salir adelante es intrínseco a nuestra naturaleza. Y, por encima de todo, es su derecho.

Ese tratamiento, a día de hoy, pasa por una apuesta decidida por la limitación de las emisiones contaminantes, es decir, por energías limpias y un desarrollo sostenible real. Pero también porque ese Fondo Verde, hoy escuálido, se convierta en una prioridad. Sin recursos para ‘paliar daños’, serán muchos millones más los se enfrenten a desastres lentos (sequías, desertificación, salinización de la tierra) o a catástrofes (inundaciones, huracanes, etc).

Y, como colofón, los gobiernos, incluido el nuestro, no pueden seguir cerrando la puerta a los refugiados climáticos. Si echamos la vista atrás, a fin de cuentas todos los somos desde que salimos de África en busca de un mundo mejor.

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