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Morir de sed

/ En los medios

Viceversa /

El agua es fundamental para la vida. Un axioma tan dramáticamente sencillo se enfrenta con una realidad que se vuelve día tras día más grave ya que la carencia de agua potable afecta a 12 de cada 100 personas. El panorama que surgió a raíz de la celebración del Día Mundial del Agua que cada año celebra el ONU, muestra un mundo en el cual el agua se ha vuelto otro de los bienes que marcan, cual herida abierta, las diferencias sociales y las asimetrías regionales.

En el mundo mueren a diario 4.500 niños por falta de agua y las mujeres son quienes cargan con el mayor peso de la escasez de un insumo tan fundamental. Son ellas las que recorren largos caminos para ir en busca de agua. Y muchas de ellas se enfrentan y dan la vida para la protección de los ríos y de la tierra. Recordamos a Berta Cáceres en Honduras quien desafió el poder del gran capital para evitar la construcción de la represa de Agua Zarca que hubiera generado un daño irreparable a las tierras de su comunidad de indígenas Lenca. Para defender esa agua, el río en el cual según la cultura lenca residen los espíritus femeninos, Cáceres fue brutalmente asesinada sin que los verdaderos culpables hayan pagado por su muerte. De nada le sirvió haber recibido el Premio Medioambiental Goldman.

América Latina posee el 31 por ciento de los recursos de agua dulce del mundo. A pesar de eso un gran número de países sufre por la escasez de agua potable y, en esos países, las zonas rurales y los sectores marginales y periféricos de las grandes ciudades, son los mayormente afectados.

Este año el Día Mundial del Agua puso el acento en la importancia del saneamiento de las aguas residuales. En América Latina y en los países del Caribe solo el 20 por ciento de las aguas residuales reciben tratamiento adecuado. El restante 80 por ciento es la causa de la contaminación de ríos que, a su vez, contaminan los campos y causan numerosas enfermedades como el cólera, la disentería, la fiebre tifoidea y la poliomielitis entre otras. Casi un millón de personas mueren, cada año, en el mundo a raíz del consumo directo o indirecto de agua contaminada. 

El cambio climático afectará aún más la escasez de agua. Crecerá el número de desplazados obligados a dejar sus casas y tierras porque ya el hábitat se les ha vuelto invivible. Si pensamos además que, según datos de la UNESCO, la mitad de la población mundial vive a menos de 200 kilómetros de las costas, entenderemos cuán grave puede ser el futuro de estas personas si, a causa de los cambios climáticos, se incrementan los fenómenos meteorológicos extremos.

Tanto la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) como la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) alertan sobre una realidad que con el agravarse de los cambios climáticos se vuelve cada día más alarmante. Según ACNUR en los próximos 50 años entre 250 y 1.000 millones de seres humanos podrían estar obligados a dejar sus tierras a causa de las sequías e inundaciones ocasionadas por los cambios climáticos. Esas personas quienes no cuentan con el amparo de una legislación internacional que les reconozca el estatus de refugiado, ya superan en número a los desplazados por conflictos bélicos.   

Son datos muy preocupantes. Datos que nos afectan a todos por igual y que deberían ser repetidos hasta el cansancio para despertar hasta las conciencias más indiferentes.

La globalización es un hecho y nadie es exento de responsabilidad ni de sufrir las consecuencias de acciones y decisiones políticas, por más lejos que estemos del lugar en el cual se desarrollan.

Es verdad que los Presidentes deben gobernar esencialmente para el bienestar de sus países y que nadie puede gobernar para el mundo entero, sin embargo hay áreas que nos pertenecen a todos, independientemente del lugar en el cual vivamos. El ambiente es una de ellas. El derecho al agua es una de ellas. Cada uno de nosotros debe sentir el derecho y el deber de luchar para defenderlas y, de esa manera, defender nuestro planeta.

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